Rosa María Alfaro.
Apelando a la dignidad del futuro
Un viaje por Grecia!
Me invitaron a un evento mundial sobre desarrollo de medios. Acepté inmediatamente cuando me enteré que se realizaría en Atenas. Mis sueños democráticos se despertaron emotivamente, no lo podía creer, además me pagaban todo. Mi hija y mi nieto buscaron dinero a como diera lugar para acompañarme y compartir esa suerte. Y efectivamente, la disfrutamos juntos. Pude recrearme caminando por las ruinas del Ágora y mirar el Parthenon, además de apreciar múltiples monumentos más. Mi imaginación creaba ficciones históricas sobre diferentes construcciones de esa esfera pública dialogante que fue la ciudad. Blanca y moderna, rodeada de múltiples y hermosas islas, era para mí el lugar simbólico de otra política diametralmente distinta a las nuestras del presente. Sin embargo, mi memoria no podía abandonar aquellos años del millonario Onasiss, desde sus famosas mujeres y sus ubicaciones políticas autoritarias. Allí me enteré de nuevos y complejos problemas políticos de hoy. El ágora había sido abandonada políticamente.
A los dos días de estadía, todo se desdijo. La historia ya fue. Los adolescentes griegos se rebelaron. La policía había asesinado a un jovencito, uno de aquellos múltiples muchachos que se juntaban en las calles para conversar sin saber qué hacer. Su muerte no fue un motivo sino una causa para que emergiera otro discurso. Los gritos juveniles tenían un solo sentido que producía escalofríos, no protestaban por su presente ni por la realidad griega como sistema. Era más bien un reclamo ante la ausencia de su FUTURO, para ellos y el mundo. Reclamaban con una exigencia realmente precisa.
La ciudad fue tomada por los jóvenes y por la policía. Los primeros desfilaban por las calles subrayando que Atenas era suya, hubo quienes se aprovecharon e instalaron violencias, como siempre ocurre. Los policías en grandes piquetes me producían miedo no sólo por que eran muchos y tenían armas sino porque eran enormes y blancos. Ante tal fenómeno, nunca antes visto por mí, me atreví a meterme en el lío. No tenía grabadora ni funcionaba mi celular. Pero sí mi sensibilidad me llevó a entrevistar a la gente, a aquella que sabía algo de inglés, porque el idioma griego era para mí un imposible. Los chicos querían ser entrevistados, los policías en cambio me decían que me cuide, mandé a mi familia al hotel porque tenían miedo y me puse a contemplar ese escenario de un mundo que ya no lucha sólo por el dinero de hoy sino que mira históricamente el futuro, a diferencia del levantamiento ideológico del 68 en Europa.
Mi romanticismo adquirió otro rumbo cuando los adolescentes se rebelaron. . .


